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Indiana Jones y el dial del destino

Harrison Ford, a sus más de 80 años, sigue siendo Indiana Jones, un personaje que mantiene su carisma intacto. Este carisma le catapultó a la fama mundial y creó un personaje icónico en la historia del cine, gracias a dos visionarios como Steven Spielberg y George Lucas. Pero no fue solo su carisma lo que le convirtió en un icono del cine de AVENTURAS en 1981.

La palabra AVENTURA merece ser destacada, porque no era simplemente cine de acción. Había secuencias de acción, sí, pero también había un sentimiento de exploración, de viajar a mundos increíbles, de vivir aventuras y descubrir tesoros ocultos.

Tráiler – Indiana Jones y el dial del destino

Era mucho más que secuencias de acción. Era la aventura que vivían los muñecos con los que jugabas. Eran reinos imposibles, persecuciones demenciales, siempre salvándose por los pelos y con mucha suerte. Y esa sonrisa socarrona, ese vacile al borde de la muerte.

Sin músculos. Sin lujos ni pomposidad. Un héroe que era profesor de universidad, y nada más y nada menos que de arqueología. Logró acercar esta rama de la ciencia al gran público. La hizo interesante, grandilocuente y trascendente, al igual que haría con la paleontología en Jurassic Park años más tarde.

Ese fue su gran éxito. Las grandes AVENTURAS que quedaron para siempre en la retina de toda una generación de niños, y de no tan niños. Pero ese tiempo pasó, y aunque Indiana sigue siendo el mismo, la sociedad, y por tanto el cine, no lo es.

Indiana Jones y el dial del destino; La película

La película intenta mantener un delicado equilibrio entre la aventura clásica -el comienzo, con unos primeros 20 minutos bastante aceptables y un Harrison Ford rejuvenecido con un CGI prácticamente impecable, y un final donde vuelve, tímidamente, el espíritu aventurero y la fascinación- y una trama de acción y espías que, personalmente, se me hizo larga y olvidable.

Hay secuencias de acción y persecuciones más cercanas al cine comercial actual de sagas como Misión Imposible o James Bond, que no le sientan tan bien a un arqueólogo como Indiana Jones. Y no porque se le note la edad.

Para nada, me sorprendió lo “hot” que sigue estando -creo que esto está fuera de discusión-. Pero han tratado de acercar la cinta a un cine de acción más moderno, más espectacular, con viajes constantes a lo largo del mundo y una trama que intenta ser algo más compleja.

Pero se han dejado por el camino el humor visual. Los tropezones. Los momentos icónicos, pioneros y originales. Y el alma.

¿Por qué hacer una quinta entrega de la saga? Debería haber sido la primera gran pregunta a resolver a la hora de iniciar este proyecto. Y la respuesta no debería haber sido: “Porque creo que Indy aún nos puede meter unos millones en el bolsillo”. ¿Qué historia queremos contar? ¿Cupal es la historia que necesitamos contar, para darle fin a este gran personaje de la historia del cine? ¿Qué AVENTURA podría completar su arco?

La película muestra a un Henry Walton Jones en su actualidad (1969) en horas bajas.

En horas muy, muy bajas. No solo por su situación personal y laboral, ni por su edad. También por su lugar en la sociedad del momento. Y eso está bien. ¡Me interesa este enfoque! La humanidad se prepara para llegar a la Luna. Cohetes, progreso, ciencia moderna. Pero él no pertenece a ese mundo, pertenece a la historia. A las civilizaciones antiguas, a los tesoros y las reliquias que nos han permitido trazar el pasado de los pueblos que habitaron antes que nosotros. Sus mitos, sus creencias y su poder. En un momento dado, Indy apela a la arqueología como una ciencia trascendental: ¿cómo sabemos que todo aquello que creemos sobre nuestro pasado es real? Por las pruebas irrefutables encontradas. Por los restos arqueológicos y por los objetos hallados. En eso cree Indiana, y ahí se encuentra el conflicto de la película.